Albert Figueras: http://www.albertfigueras.com
El antiguo acuario de Barcelona estaba ubicado en el zoológico de la ciudad; en una enorme piscina circular que ocupaba la parte central del edificio, convivían ocho o diez delfines. El visitante subía hasta la azotea, procuraba encontrar un asiento para asistir al espectáculo en el que los cetáceos hacían sus múltiples piruetas a cambio de pedazos de sardina que comían en la mano del adiestrador cuando el resultado cumplía las expectativas.
Desde aquella azotea, se podía ver cómo los delfines pasaban por un aro elevado un par de metros sobre el agua, cómo se ponían sombreros, cómo apagaban un pequeño incendio o cómo derribaban los bolos empujando una pelota con el hocico.
Acabado el espectáculo, el visitante tenía la opción de pasear por las demás plantas, lo que significaba ir descendiendo para admirar los múltiples acuarios con peces procedentes de distintas partes del mundo. Los corredores eran circulares -como todo el edificio-, y en la parte central, unos enormes ventanales iban mostrando la piscina de los delfines a distintos niveles. En el primer subsuelo, sólo medio ventanal estaba bajo el nivel del agua; se veía, al mismo tiempo, el cuerpo sumergido del delfín y la cabeza con su simpático hocico buscando la caricia o el premio del cuidador.
Los sucesivos subsuelos, iban mostrando aspectos distintos de la enorme piscina, con el agua cada vez más oscura: primero los delfines en su nivel de natación habitual, desplazándose tranquilamente en posición horizontal; más abajo, los delfines que se sumergían para tomar impulso y realizar sus piruetas, o los que regresaban al agua tras esos saltos. En el último nivel, se veía el suelo de la piscina, donde una barca sumergida con el casco agujereado –recuerdo de viejas leyendas de piratas escuchadas en la infancia-, algunas grandes rocas con algas, bancos de arena, peces que viven en los fondos marinos y la salida de los tubos que oxigenaban el agua disimulados tras alguna de las rocas –elemento esencial para mantener la homeostasis del tanque.
Más que en un sincretismo difícil y que probablemente requiera dejar fuera bastantes principios de cada concepción del funcionamiento de la mente humana, la posible articulación entre psicoanálisis y neurociencias se debería encontrar en una aproximación similar a la imagen de la piscina de los delfines y sus distintos niveles de observación.
Las raíces
El psicoanálisis, el conductismo, la biología o la farmacología aplicadas a los procesos mentales y a la conducta humana, han aportado -cada uno por su lado- luz al conocimiento y han abierto puertas al manejo de la sintomatología de los pacientes.
Se han discutido mucho los pros y los contras de cada una de las aproximaciones. Se ha criticado la falta de base científica de las teorías del psicoanálisis, el reduccionismo que supone considerar que todas las personas responden del mismo modo mecánico a unos condicionamientos, o que la existencia de un receptor y del medicamento que se fija a este receptor, es suficiente para lograr que un paciente con una depresión mayor o con síntomas psicóticos regrese a la normalidad.
Todo ello es cierto, pero también lo es que intentar identificar las causas de una conducta en acontecimientos o traumas del pasado, aplicar técnicas de descondicionamiento en determinadas alteraciones, o prescribir el uso de los medicamentos apropiados a los pacientes adecuados, tiene una utilidad terapéutica apoyada por evidencias científicas.
Finalmente (aunque no por ello menos importante), no hay que olvidar los intereses derivados de cualquier escuela terapéutica: un sistema de capacitación propia y parafernalia para el diagnóstico y tratamientos diferenciales. Psicoanálisis, conductismo y neurobiología –neurofarmacología mueven miles de pesos cada año. La fusión en un neuroanálisis o una psicociencia no dejarían de tener consecuencias económicas negativas para más de uno.
¿Es posible la articulación?
Cuando los editores me plantearon la pregunta de si, a mi entender, existe alguna articulación posible entre psicoanálisis y neurociencias, recordé de inmediato el antiguo acuario de Barcelona, con su piscina central y los distintos niveles de observación.
Hoy en día sabemos que cualquier respuesta humana (desde el movimiento de un músculo hasta la taquicardia desencadenada por el miedo) requiere la participación de unos determinados neurotransmisores y otros mediadores neuronales. Del mismo modo, las neurociencias explican que las personas que muestran determinadas alteraciones mentales suelen tener unas concentraciones reducidas de serotonina o unos niveles elevados de dopamina, por ejemplo. Estas explicaciones son válidas si tenemos en cuenta sólo el nivel celular o molecular. Vendría a ser el tejido cerebral observado con microscopio electrónico.
Pero la persona es algo más. ¿Por qué un grupo neuronal acaba produciendo más dopamina o por qué consume más serotonina? ¿Por qué cuando el cerebro recibe determinados estímulos —o cuando anticipa la presencia de estos estímulos— algunos grupos neuronales se disparan y responden liberando unos neurotransmisores que, pongamos por caso, acaban produciendo taquicardia, sudoración, dolor gástrico o tensión muscular? Sin duda, comprender los mecanismos del condicionamiento proporciona explicaciones que ayudan a focalizar más el problema, puesto que ningún ser humano es sólo un conjunto de células, sino un conjunto de células en un entorno en el que acontecen cosas, positivas, negativas o neutras. Ese sería un segundo nivel de observación; la realidad vista con una lupa.
Pero todavía es posible tomar algo más de perspectiva, puesto que cada persona, más allá de un conjunto de células que responde a estímulos condicionado por unas circunstancias externas, tiene memoria de la experiencia pasada y es capaz de responder a todo ello de una manera más o menos creativa, más o menos resistente, más o menos patológica. En este último contexto, en el impacto de las experiencias pasadas y su valoración cuando hay que dar una respuesta puntual concreta del momento presente, un tercer nivel de observación permitiría cerrar el círculo. La explicación última (llámense motivaciones, frustraciones, complejos o traumas, según el caso) y la investigación del momento y las circunstancias en las que se originaron, pueden contribuir a reforzar el concepto único de cada persona, en el que unas mismas células que responden siguiendo la mecánica biológica, se condicionan para responder de un modo u otro a partir del recuerdo, de la anticipación del futuro y de la imaginación y, así, van conformando la manera de ser propia y diversa de cada persona. Sería el individuo observado con unas sencillas gafas de sol.
Esta observación (explicación) con distinto grado de acercamiento es complementaria –no excluyente-, cuando no nos empeñamos en mantener la rigidez de los dogmas más allá de lo necesario.
La articulación de las explicaciones de la conducta en distintos planos permitiría mejorar el acercamiento terapéutico a los pacientes pues, si bien hay quién responde a los antidepresivos o a los antipsicóticos, también hay pacientes que recaen o hay pacientes que ni siquiera los toleran. Probablemente existen factores adicionales que explican el fracaso terapéutico, más allá de las justificaciones de una única visión. Es en este contexto, donde la incorporación de la visión conductista y la visión psicoanalista a la neurofarmacológica lograría sumar esfuerzos en lugar de restarlos (y lo mismo es válido para el fracaso psicoanalítico o conductista).
En cualquier caso, aprender a navegar con los mínimos niveles posibles de adrenalina (de miedo o de complejos) en el mar de la Incertidumbre del saber, y asumir la flexibilidad de las fronteras filosóficas (que no dejan de ser algo artificial), es la única vía para avanzar en el conocimiento.
* El médico farmacólogo catalán Albert Figueras visitó la Argentina hace pocas semanas. Intramed mantuvo una entrevista con él a raíz de la publicación de “Optimizar la vida” claves para reconocer la felicidad (Alienta editorial) donde analiza muchas de las situaciones de la vida cotidiana desde una perspectiva científica.
* Accede a la entrevista haciendo click aquí
Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra
Etiquetas: 200612